En los tiempos donde Rosario Central no jugaba Copas Internacionales ni había flashes ni conferencias multitudinarias, el fútbol era sudor, esfuerzo y compromiso. La cancha pesaba más que los titulares y los protagonistas eran hombres con hambre de dejar huella. En esa época dorada, entre nombres que el hincha guarda en el corazón —Pachi Carrizo, Ramiro Costa, Diego Lagos, Germán Rivarola y el “Sapito” Encina— se forjaba una identidad que, con el paso del tiempo, se transformaría en la esencia misma del club
Y allí estaba él, Miguel Ángel Russo, con su temple, su humildad y su convicción inquebrantable. Russo no llegó a Rosario Central para prometer milagros, sino para trabajar. Su presencia fue la de un obrero del fútbol, de esos que entienden que la gloria no se construye con palabras, sino con días de entrenamiento bajo la humedad del Gigante de Arroyito, con jóvenes que soñaban con grandeza y con un grupo de jugadores que creían en algo más grande que ellos mismos.
En aquellos años, Central era un equipo de valientes. No había lujos ni portadas de revistas; había compromiso, identidad y sentido de pertenencia. La camiseta pesaba, y cada jugador sabía que representaba mucho más que un club: representaba una ciudad entera, un sentimiento popular que trasciende generaciones.
Russo fue el guía de ese proceso. Desde su mirada serena, enseñó que el éxito no se mide en copas sino en convicciones. Que el verdadero triunfo es dejar una huella, un camino que otros puedan seguir. Y ese legado hoy sigue intacto, porque en el corazón del hincha canalla, Miguelón no es solo un técnico: es un símbolo eterno de lucha, pasión y trabajo silencioso.
Años más tarde, cuando las vitrinas comenzaron a llenarse y el club volvió a codearse con la elite, muchos entendieron que todo había empezado ahí, en aquellos entrenamientos donde se mezclaban el barro, el sudor y los sueños.
Por eso, desde cada rincón auriazul se escucha hoy un grito unánime: ¡Eterno Miguel Ángel Russo!-
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