Mientras el pueblo camina entre calles de tierra y sueldos que no alcanzan, el poder político se reparte negocios, favores y silencios pagos
En Corrientes, el progreso parece tener dueño.
Los mismos apellidos de siempre concentran el poder y el dinero público, mientras los hospitales carecen de insumos, los docentes esperan aumentos que no llegan y los empleados municipales viven con sueldos que no cubren ni una canasta básica.
Mientras tanto, florecen emprendimientos “millonarios” como el museo provincial, el plan del limón, la yerba, el Caa Cannabis y otras jugadas de laboratorio que huelen más a negocio político que a desarrollo real.
El interior sigue postergado. En Mercedes, las rutas se rompen, los accesos a las escuelas se inundan, y las promesas de nuevos hospitales o parques industriales se pierden entre la burocracia y el olvido.
Y entre los elegidos de siempre, aparecen los medios y periodistas que viven cómodos gracias a la pauta oficial, mirando para otro lado mientras el pueblo se hunde.
La cultura del silencio compra titulares, tapa baches con propaganda y maquilla la realidad con discursos que ya nadie cree.
Corrientes no necesita más marketing político: necesita honestidad, gestión y respeto.
Porque detrás de cada cartel millonario y cada anuncio triunfal, hay miles de correntinos cansados de sobrevivir entre el barro, la inflación y el olvido.
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